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jueves, 6 de junio de 2019

Cuento experimental improvisado: Sonia y el oráculo del bosque, parte 1

Machete en mano, Sonia se abrió paso como pudo a través del denso matorral. Más de uno de sus oscuros cabellos quedó prendado de las retorcidas ramas que de vez en cuando la sorprendían en la penumbra. Esperaba poder llegar el supuesto templo antes de que terminara de anochecer, aunque el ulular de las invisibles lechuzas no hacía mucho por alentarla. Avanzó con prisa, aspirando el olor de la tierra húmeda. El suelo, algo resbaloso, emitía murmullos ahogados a cada paso de Sonia. Ella se dijo que no se podía esperar otra cosa, después de tanta lluvia.

El Hado, ese ser deforme que la había recibido en la desvencijada puerta del sendero, le había dicho que este era un bosque donde no existían secretos. Al parecer, toda verdad en el bosque se hacía evidente. Sonia supo de inmediato que esto se debía a un antiguo decreto de los primeros reyes del bosque y no le cupo la menor duda sobre la veracidad de esta repentina información. Tras pensar un momento, supo también que bastaba virar ligeramente a la derecha para redescubrir el sendero de sucios ladrillos que marcaban el camino hacia el templo. Finalmente suspiro, al darse cuenta de que no llegaría antes de que el sol terminara de ocultarse.

Casi dos horas después, Sonia finalmente emergió del denso matorral, con los brazos cansados y sus piernas cubiertas de arañazos y semillas con ganchos. Le picaba el cuerpo y le faltaba le aliento, pero se alegró de saber que al cruzar la oscura explanada, habría llegado a destino. Ya no veía el sendero, pero una oscura silueta aparecía ya frente a ella y Sonia supo que se trataba del templo donde se hallaba el oráculo. Se trataba de una casa pequeña, vieja, ruinosa, casi una pocilga. La oscuridad le impedía ver la fachada claramente, pero Sonia supo que en varias partes los ladrillos estaban a la vista, las ventanas estaban rotas y la única puerta, enmohecida y descolorida, se abriría con el empujón más leve.

Sonia entró en el humilde y desvencijado templo. Por dentro estaba completamente oscuro y el silencio era sepulcral. Sonia avanzó a tientas, su respiración agitada, hasta que su pie derecho golpeó contra lo que parecía ser una silla. La joven se sentó, suspiró y dejó caer el machete al suelo con un sonoro repicar. Estiró sus brazos y piernas, se relajó en la silla y cerró los ojos, tratando de dejar la mente en blanco. Tras unos minutos de quietud, Sonia se repuso y empezó a prestar más atención a su alrededor. La oscuridad y la tranquilidad invitaban al sueño de manera muy convincente. Tratando de divisar algo a su alrededor, Sonia alcanzó a ver una mínima luz que parecía emerger del suelo. Se levantó con cierto esfuerzo y, al acercarse se dio cuenta de que en esa sección se encontraba una escalera descendente, de donde una luz anaranjada y en extremo tenue asomaba tímidamente. Un suave crepitar podía oirse ahora, proveniente desde el sótano.

Antes de que se diera cuenta, Sonia ya estaba descendiendo lentamente por la antigua escalera. Los peldaños de madera crujían bajo le peso de la joven y Sonia supo que más de un insecto asustado huía dentro de los oscuros recovecos de la escalera. Tras contar 22 peldaños, Sonia se adentró en el sótano, mucho más amplio que el piso superior, e iluminado por el tenue resplandor de un gran nido de brasas que se ubicaba en una gran chimenea, la cual parecía excavada en la pared más distante. Muchos objetos, en su mayoría viejos y sucios muebles, entorpecían el paso. Sonia se abrió camino con cuidado, intentando no herir sus pies al golpear con la fría madera.

Al acercarse al hogar, Sonia vio que ya no había objetos entorpeciendo el paso y el suelo de frías lajas de piedra ahora estaba cubierto de una mullida, aunque polvorienta, alfombra de lana. Varios almohadones mullidos estaban desperdigados sobre la alfombra. En el más grande y viejo, que se encontraba peligrosamente cerca de las brasas, estaba recostado el gato más grande que Sonia había visto jamás. El gato estaba tan cerca de las brasas que casi estaba sobre ellas. A esa distancia, la débil luz naranja del hogar alcanzaba para observar el color de su pelo. El animal se volteó con desidia cuando Sonia se acercó y la joven se dio cuenta de que el gato tenía tres cabezas. Conteniendo un grito ahogado, Sonia supo que ese gato tricéfalo era el oráculo.

Los seis ojos del felino contemplaron a Sonia a la luz de las brasas. La cabeza de la izquierda tenía pelaje atigrado, pero su mandíbula inferior y la parte baja de su cuerpo eran de color blanco. Sus ojos eran de un amarillo verdoso, sus pupilas eran redondas y profundas, su mirada calma y su pelo corto era lustroso y suave. La cabeza del medio tenía un aspecto más salvaje y atemorizante: su pelaje era largo, negro y áspero, proyectándose en agudos mechones desordenados, sus largas orejas en punta tenían elgunas heridas y sus pupilas estaban reducidas a rendijas tan finas que eran casi invisibles en sus ojos color rojo sangre, abiertos de par en par en atemorizante mirada. La cabeza de la derecha tenía un pelaje corto, opaco y suave de color gris plomo, sus orejas terminaban en puntas redondeadas, sus ojos eran de un azul platinado y su mirada transmitía a un tiempo calma y un profundo pesar. Los distintos patrpnes de pelaje dle animal se unían en la base de sus cuellos y su cuerpo y patas estaban cubiertos de parches de pelaje de diferentes coloraciones. Sonia se tranquilizó y tragó saliva. Antes de decir la primera palabra, supo que la cabeza izquierda dle oráculo observaba la vida, la cabeza central observaba la muerte y la cabeza derecha el más allá.

El oráculo miró en silencio a Sonia unos segundos y procedió a sentarse en el vetusto almohadón. Tras estirarse un momento, la cabeza izquierda habló a Sonia con una voz barítona.

 - Acércate. Ven, toma asiento.

Sonia se acercó en silencio, con cierta cautela. Se sentó sobre un almohadón de tela verde, con las piernas cruzadas y se quedó en silencio contemplando al felino. Entonces, la cabeza de la izquierda volvió a hablar.

 - Bien, niña, dime a qué has venido.

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